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El Cuento de Tavo

Actualizado: 17 nov 2020


De la serie: Cuentos de Genios

Por: María José Sosa

Me regalaron un oso que no me cabe en el cuarto. La persona que me lo regaló me dijo que no era para que lo tuviera entre paredes, que él era libre y sería mi compañero de evolución. Yo como nunca sé qué decir solo sonreí. Las personas sabias y que hablan en clave me intimidan porque no las entiendo. Sin embargo le hice caso y lo coloqué en el patio. Al rato mis plantas se empezaron a reír y supe que el verano me sonreía.

Lo abrazaba y rodeaba el círculo más brillante que mis brazos podían dibujar. Tenía zanahoria en el cabello y nueces en los ojos. Olía delicioso y me abría el apetito. Desde que tengo a mi oso tengo con quién tomar el té en las tardes, le encanta que le dé azúcar, eso nos hace feliz. De hecho este fin de semana lo voy a llevar al turno del pueblo para subirnos a la rueda de chicago y comer algodón de azúcar.

El oso solo dice lo necesario, su sonrisa me entrega lo que necesito. Hemos llegado a complementarnos muy bien. Inclusive he ganado algo de peso, cosa que alegra mucho a mis abuelitos que dicen que estoy hecho un puño de huesos. Me estoy llenando de amor y ahora hasta me sueño con él.

Soñé que iba en un cohete y veía el universo desde mi ventana, y decidí salir a explorar. No solo en traje de astronauta sino también en una burbuja que compartía con el oso. Flotábamos los dos en nuestra burbuja, por un momento cerré los ojos y escuché como si alguien orinaba, los abrí inmediatamente y el oso ya no estaba conmigo. Ahora yo estaba adentro de ella, flotando y existiendo dentro suyo. No era otro ser, otra ella, era el oso porque olía igual. Se adentraba esa mezcla entre macadamia y nuez moscada con miel en mi nariz. De pronto el sonido de los orines se detuvo y escuchaba que gritaban un nombre a lo lejos, pero no lo entendía, solo sabía que era el nombre del oso y que aún no me tocaba saberlo.

Pasaron los días y le contaba al oso cuan emocionado estaba de la luna llena que se aproximaba. Él estaba tranquilo y me advertía que la luna que vendría traería cambios y hay que aceptarlos con la energía que ella nos daría. Como no entendí nada le traje un té de hadas y comimos galletas de jengibre.

Esa noche me lo encontré en el patio hablando con la luna. Parecía que discutían pero no era una pelea, era un encuentro de posturas diferentes sobre un mismo objeto. Yo espiaba lo que podía, el oso era muy obediente y le hizo caso a la luna, lo sé porque a mí también me ha tocado abrirme a la grandeza lunar. El oso me dio un beso en el cachete y me dijo que había otro niño que lo necesitaba y que conmigo ya había cumplido su misión, la misión de ambos en esta vida. Me abrazó y la tranquilidad llegó a cada una de mis redes sentimentales. Luego algo inesperado generé. Una palabra salió de mi boca, es como un suspiro que el aire que sale calza con una palabra muy clara. En su oído derecho solo pudo escuchar un “MADRE”.

Me extrañé porque no era algo que había controlado, solo salió. El oso sonrió se despidió y al salir por la puerta lo recordé todo.




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